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¡DIOS... S.O.S.! – 9

En Busca de una Revolución

En memoria de los fallecidos del

6 de diciembre y 11 de abril del 2002,

4 de febrero y 27 de noviembre de 1992,

27 al 29 de febrero de 1989.

                        Señor Jesús, tú siempre fuiste un revolucionario y de los buenos. Tu persona conmovió a los distintos poderes de tu época: el político, el religioso, el económico… Basta pensar simplemente que tu muerte estuvo orquestada por los miembros de los distintos poderes. ¿Por qué todo esto? Simplemente porque con tus valores los retaste y dejaste al descubierto la hipocresía reinante en todos ellos.

Al poder religioso le criticaste que cargaran de leyes al pueblo, las cuales ni ellos mismos eran capaces de cumplir, o que buscaran aparentar más que los demás y quisieran ser respetados y alabados por todos (Cfr Mt 23,4ss; Lc 11,46ss). Así tu Iglesia comprendió que debe estar al servicio de los más pequeños, sufriendo y riendo con ellos, haciéndose uno más con aquellos que luchan cada día por mantener una nueva esperanza; y no es fruto de la teoría tantos pasajes del Documento de Puebla (CELAM, 1979) que nos recuerdan que debemos ser una Iglesia de “Comunión y Participación”. La Iglesia Venezolana no es excepción en Latinoamérica y por eso muchos de sus obispos, sacerdotes, religiosas (os) y laicos viven en estos momentos la misma situación de miseria y dolor de tantos compatriotas. Pero esta experiencia se vive sin ufanarse de ello, sino simplemente como el pequeño siervo que hace la voluntad de su patrón (Cfr. Lc 17,7-10 ), y quien ha recibido esa compañía de la Iglesia viva, de la presencia de tu Espíritu en medio de la humanidad, sabe agradecer con profundo corazón.

Al poder económico lo retaste, Hijo del Padre, cuando denunciaste cómo se aprovechaban de la necesidad del pobre y convertían al Templo en cueva de ladrones (Cfr. Mc 11,15-18; Mt 21,10; Lc 19,45; Jn 2,14). De ahí en adelante comenzaron a planear en qué momento se podrían deshacer de ti.

Tu enfrentamiento con el poder político fue radical y te diferenciaste de él. Denunciaste claramente la injusticia e incluso fuiste víctima de ella. Pilato se lavó las manos por tu sangre, como lamentablemente hoy los poderes públicos se siguen lavando las manos por la sangre de tantos inocentes. Tal vez lo que más le molestó al funcionario romano fue tu silencio ante su soberbia, o pudo haber sido que le recordaras que su poder se debe a la obligación que tenía de cumplir la justicia de Dios y no la conveniencia de una parte del Pueblo (Cfr. Jn 19,11). En todo momento fuiste consecuente con tu Palabra y por eso diste la vida en la cruz.

Desde muy joven, mi Señor, he estado buscando una revolución que ayude a vivir la verdadera justicia, un cambio que haga vida las bienaventuranzas (Mt 5,1-12; Lc 6,21-26) en medio de nuestro pueblo. Pero siempre he huído de discursos violentos que dividan e inciten a acciones criminales. Esa división del mundo entre buenos y malos, la cual está presente en tantos pasajes del Antiguo Testamente, ha sido superada por tu Evangelio, en el cual Todos somos llamados a convertirnos al Amor del Padre y convivir buscando el bien común.  El “ojo por ojo y diente por diente” ha pasado, así como también superamos la ley de “ama a tu prójimo y odia a tu enemigo”; entonces no entiendo, Jesús, porqué hay tanto odio en medio de mi pueblo, porqué tantos gritos pidiendo la muerte de nuestros mismos hermanos, porqué tanta división y rencor. ¿Acaso hemos olvidado que somos hijos de un mismo Padre? ¿O es que no nos damos cuenta de que sin el otro no podré hacer tampoco mi vida? ¿Vale la pena que un venezolano más pierda la vida en una lucha de ideas que se alejan de la vivencia radical del amor cristiano?

En tu Evangelio hay violencia, pero es aquella que se ejerce contra sí mismo para eliminar todo odio que pueda estar presente en el propio corazón. De esta manera se puede sacar la viga del ojo de uno mismo y reconocer la culpa propia, sin miedo a perder imágenes creadas pero con la valentía de la responsabilidad.

Señor Jesús, sigo en busca de una revolución, pero de aquélla que haga vida tu Reino en medio de mi pueblo; de aquélla que verdaderamente aúne esfuerzos por lograr el bien de todos los venezolanos. Por eso, hoy más que nunca quiero lanzar un grito con todos mis coterráneos para que nos ayudes en este momento de crisis y de dolor, buen Dios.

 Néstor A. Briceño L, SDS

Mérida, 11 de diciembre de 2002