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¡Dios... S.O.S.! – 3

¡Ay, Dios mío!

 

            El mes pasado comentábamos sobre la importancia del emisor, el receptor y el mensaje en nuestra oración. En esta ocasión nos detendremos en una forma particular de mensaje a Dios, utilizado por todos nosotros y muchas veces hasta de forma inconsciente; se trata de las jaculatorias.

Muchas veces vamos caminando y surge un suspiro seguido por las siguientes palabras: ¡Dios mío!. Ésa es una jaculatoria, es decir, una frase muy breve que se repite en cualquier momento con gran fervor para recordarnos la realidad de aquel Trascendente en nuestra vida cotidiana. Pero, ¿son estas jaculatorias una oración? Podemos afirmar sin ningún temor que las jaculatorias o son oración o se convierten en blasfemia, pero nunca son neutras.

Me explico. Una jaculatoria es oración cuando realmente nos recuerda la presencia de Dios en nuestra vida; para ello debe ser dicha:

1.      Con un sentido creyente que puede ir desde la súplica hasta el reclamo;

2.      En un breve momento de alto en el camino, así sea de unos poquísimos segundos;

3.      Consciente o inconscientemente, pero siempre dirigida a Dios o invocando la intercesión de los santos.

Por esto podemos decir que la jaculatoria es la forma de oración más sencilla pero a la vez es intensa. Surge de la profundidad del ser humano y lo impregna de sentimiento religioso. Muestra las creencias religiosas que se han arraigado en la persona y cómo es su relación con Dios. Por eso, desde un  ¡Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío! hasta un reconocer el don dado por Dios a nuestra buena Madre teniéndola como ejemplo expresado en la sencilla frase ¡Ave María Purísima, sin pecado original concebido!, las jaculatorias nos mueven salir de la auto referencia para encontrar a Dios como el eje de nuestra vida.

No es novedad cristiana esto de las jaculatorias. Ya lo plantea el libro del Deuteronomio cuando enseña el Shema Israel (escucha Israel), la ley fundamental hebrea: “Escucha, Israel: Yavé, nuestro Dios, es el único Dios (...) Graba en tu corazón los mandamientos que yo te entrego hoy, repíteselos a tus hijos, habla de ellos tanto en casa como cuando viajes, cuando te acuestes y cuando te levantes, grábalos en tu mano como una señal y póntelos en la frente para recordarlos, escríbelos en los postes de tu puerta y a la entrada de tus ciudades” (Dt 6, 4.6-9). Repetir constantemente esta ley, recordaba al pueblo de Israel la presencia continua de Dios. Lo mismo es para nosotros los cristianos.  

Pero ¡atención con tomar el nombre de Dios en vano! Para nuestra cultura venezolana, éste no es un gran riesgo debido al respeto que siempre ha existido hacia la divinidad de Dios, sin embargo, en la lengua española existen muchas expresiones que se toman como jaculatorias, pero al ser blasfemias no se usan para bendecir o entrar en un contacto con Dios, sino para ridiculizarlo, expulsarlo de la vida humana, tomando como un juego el nombre sagrado, así como decían aquellos fariseos a Jesús crucificado: “Ha puesto su confianza en Dios; si lo ama, que lo libere” (Mt 27,43ª). Cuando el mensaje no va dirigido al receptor apropiado, pierde su fuerza y su sentido, desvirtuándose por completo la esencia del mismo; así, si la jaculatoria no tiene a Dios como receptor, se transforma en otra cosa distinta a su intención original.

La fuente de las jaculatorias no es solamente la piedad popular, en la cual encontramos riquísimas expresiones de amor a Dios, sino también la Biblia y la liturgia. Cada domingo rezamos en la misa el estribillo del salmo responsorial, éste es una jaculatoria que nos remite rápidamente a un aspecto de Dios y a una oración realizada por toda la comunidad eclesial. Si tomáramos cada semana esa frase como nuestra breve y fuerte referencia a Dios en lo cotidiano, podríamos tener un gran repertorio interiorizado, grabado en nuestro corazón, para saber qué palabras usar en el momento apropiado. Desde el conocido “el Señor es mi pastor, nada me falta”, hasta el salmo recitado por Jesús en la cruz “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado”, encontramos variedad de frases cortas que son capaces de expresar la profundidad del alma. O si preferimos, podemos tomar aquellas palabras que encontramos en el Nuevo Testamento, como las de Tomás “Señor mío y Dios mío”, o las de María “Hágase en mí según tu Palabra”. Lo importante es dejar que esas expresiones salgan de nuestro corazón y se conviertan en una breve e intensa oración momentánea, recordando que el Señor siempre está con nosotros.

 Néstor A. Briceño L, SDS

Roma, 13 de mayo de 2002