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Carta a los Jóvenes – 9

Signos de Su Presencia

 

 

Berlín, 12 de agosto de 2001

 

Querido amigo:

 

Hoy vamos a centrarnos en uno de los textos más hermosos del Génesis: los capítulos 23 y 24. Te invito a que los leas en este momento, coloreando con tu imaginación y fantasía cada palabra y expresión que encuentres en estos textos. En ellos sentirás el dolor de Abraham por la muerte de su esposa Sara y la alegría de Eliécer al encontrar esposa para su patrón Isaac.

 

La muerte, signo de eternidad

 

Cada ser humano es una palabra pronunciada por Dios Padre para el resto de la humanidad. No es palabra lanzada al viento como obra del azar o de un discurso necio, sino palabra de amor que da forma a alguna parte concreta del hermoso discurso que afirma la relación entre Dios y nosotros.

 

Sin embargo, la vida humana está sellada con la finitud, cuya expresión es la muerte. Y algunas muertes pasan a la memoria colectiva de la humanidad, como es el caso de la que encontramos hoy en el relato de la muerte de Sara; otras, como lo afirma Isabel Allende en "De amores y sombras", son muertes que quedan en el olvido del mundo, como si sus dueños no hubieran existido... Sin embargo, para el Dios de la Vida cada hombre y mujer cuentan, sin importar la "importancia" o "grandeza" de sus obras.

 

Pero es parte normal de cada ser humano el querer permanecer en el recuerdo de la historia, así sea en la memoria de sus seres más cercanos. ¿Cuántas veces hemos escuchado aquellas historias del abuelo y la abuela, ya sean narradas por ellos mismos, por nuestros padres, tíos o amigos?...

 

Tal vez sean los ancianos, al saberse próximos a la muerte, quienes descubren con mayor profundidad el sentido de la vida peregrina. Saben que absolutamente nada de cuanto han logrado les pertenece, porque de un momento a otro no estarán más allí, sino en manos del Eterno. Éste es el sentido del diálogo de Abraham con los heteos. Al reconocerse forastero en esta tierra pide un terreno para enterrar a Sara. Los heteos lo reconocen como parte de su pueblo y le dan a escoger el sitio de la tumba. De hecho, el respeto y cariño a este hombre llega al punto de suscitar en Efrón el deseo de regalarle la tierra, pero para no desairar al anciano, convienen un precio justo. Recibimos aquí un ejemplo de respeto, de acompañamiento en el dolor y de reconocimiento al otro.

 

Ese terreno comprado por Abraham en tierra pagana adquirió un nuevo sentido: ser signo del reposo eterno, del descanso en Dios. Porque es la vida la que se convierte en una pequeña prueba de lo que es la eternidad, siendo la muerte el sello de este pacto con Dios y la esperanza del encuentro definitivo con Él y nuestros hermanos. Es en la vida donde somos peregrinos, en la eternidad encontraremos la casa definitiva y la tumba es un signo de ello.

 

 

Las pequeñas palabras pronunciadas por Dios

 

Pero antes de llegar a esta palabra definitiva como lo es la muerte, el Señor nos regala otros detalles en los cuales podemos descubrir su compañía.

 

Paulo Coelho, en su libro "El Alquimista", narra la historia de un joven pastor que sigue algunos signos que va encontrando en el camino para cumplir su Leyenda Personal. Podríamos decir nosotros que esa Leyenda Personal es, a fin de cuentas, la Voluntad de Dios para la persona, aquello que le llevará a vivir la plenitud de la felicidad.

 

Al igual que Eliécer, el joven presentado por Coelho busca en las palabras de las personas, en el "vuelo de las aves y de los vientos" pistas que le ayuden a cumplir su misión. Definitivamente esos signos de los tiempos son las pequeñas palabras que Dios dice a cada uno, pero si no se está atento a ellos perdemos la pista. Eliécer pide a Dios una señal y la recibe; sin embargo es él quien debe decidir si sigue o no esta señal, es él quien tiene la palabra para realizar o no la voluntad de Dios en su camino.

 

No es el "piercing" en la nariz de Rebeca ni los anchos brazaletes que le da Eliécer lo que constituyen la señal. Estos son signos externos que marcan el encuentro, pero se presentan otros signos como el diálogo entre Rebeca y Eliécer con las palabras convenidas en la oración de éste, la oferta de hospedaje y el ser de la misma estirpe de Abraham, lo que lleva a Eliécer a descubrir que era ella, Rebeca, la mujer para Isaac.

 

Sin embargo, Eliécer no decide por Rebeca; sólo le presenta una propuesta que ella debe aceptar o rechazar. Aquí vemos una vez más, como es el individuo en cuestión quien debe decidir ante los signos. "Todas las personas, al comienzo de su juventud –dice el Rey Melquisedek al joven del cuento de Coelho-, saben cuál es su Leyenda Personal. En ese momento de la vida todo es claro, todo es posible, y ellas no tienen miedo de soñar y desear todo aquello que les gustaría hacer en sus vidas. No obstante, a medida que el tiempo va pasando, una misteriosa fuerza trata de convencerlas de que es imposible realizar la Leyenda Personal".

 

Eliécer se apresura en partir con su hallazgo, no sin antes pagar la dote. ¿Cuántas veces cuando vemos el tesoro que nos hará verdaderamente felices, en lugar que arriesgarnos y pagar el precio (muy alto la mayoría de las veces), nos quedamos de brazos cruzados?...

 

Ante tu futuro, querido joven, se presentan muchas perspectivas. Todas ofrecen la felicidad, unas más fáciles otras difíciles. Pero al igual que Rebeca, no será Eliécer o tus padres o hermanos quienes decidirán por ti; el futuro está en tus manos y eres tú quien debe elegir. Solamente te dejo dos pequeñas claves para no errar tu elección: confía en la oración continua, alimentada del silencio, la Biblia y los sacramentos, y aprende a leer los acontecimientos de tu historia, ellos son la palabra de Dios para ti.

 

Continuamos juntos en esta apasionante aventura de vivir buscando al Señor. Un abrazo en Cristo,

 

Néstor.

 

 

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