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Carta a los Jóvenes – 8

El Hijo de la Promesa

 

 

Roma, 14 de junio de 2001

 

Querido amigo:

 

Con esta carta continuamos nuestra travesía por la Historia de la Salvación. Nos detendremos hoy en los capítulos 21 y 22 del Génesis para continuar con nuestra lectura. Como te habrás dado cuenta, nos hemos saltado el capítulo 20; hemos hecho esto porque éste es repetición de los sucesos que se narran en el capítulo 12 que ya hemos comentado.

 

Así que nos centraremos en esta ocasión en el nacimiento de Isaac, la despedida de Agar y el sacrificio de Isaac. Aunque sean pasajes que ya conocemos, vale la pena detenerse un momento y ver algunos detalles.

 

La promesa se cumple

 

Las dudas en el ser humano existen, y Sara no fue la excepción. Dudaba sobre la promesa que el mismo Dios le había hecho de dar a luz a un hijo, debido a su avanzada edad y a la de su esposo.

 

"Yavé visitó a Sara". Así comienza el capítulo 21. No es una visita cualquiera, es el mismo Dios que pasa para cumplir su promesa; algo que podría parecer rutinario, como lo es el embarazo de una mujer, se convierte en manifestación de la "presencia" de Dios. El pueblo de Israel era capaz de ver todas estas cosas a la luz de la fe, descubriendo en lo más sencillo la presencia de Dios.

 

A nosotros nos cuesta más tener esta mirada de fe, no por un cierto "iluminismo" científico, sino por lo rutinario de nuestras vidas. Digo que no es la ciencia la causa de nuestra incredulidad, porque precisamente al comprender mejor cómo funciona el universo podemos maravillarnos de la presencia de tan gran artista (Dios) quien a pesar de su ausencia aparente, permanece en el rastro de su obra. Dios también nos visita, y lo hace continuamente. ¿Quién te ha dado un nuevo amanecer si no Dios? ¿Quién ha favorecido el milagro de la vida que surge en esa embarazada si no Dios? ¿Quién inspira continuamente nuevos gestos de amor en la humanidad si no Dios? ¿Quién le da paz a tu ser, serenidad a tu alma, si no Dios?

 

El milagro de la promesa se ha cumplido en nuestras vidas. Pero no lo hace de forma rimbombante, sino desde lo pequeño. Sara afirma que Dios le ha hecho reír y así reirán quienes se enteren de lo que le ha sucedido; la risa que al principio era de burla se transformo en risa de alegría. Será este un anuncio que debemos grabar en nuestro corazón: Dios es un Dios de Vida y por eso la hace surgir aún donde parece imposible.

 

Tiempo de desierto

 

Para los israelitas el primogénito tiene mucha importancia: es él quien recibe la herencia, la bendición y la tradición de la casa paterna. No importaba la mujer de la que fuera esposa, sino el ser el hijo varón mayor del padre. Así, Ismael era por derecho el primogénito de Abraham, pero Isaac el hijo de la promesa, por lo que debía heredar a su padre. Esta es la razón por la cual es despedida Agar con Ismael, pero no sin antes haber una promesa por parte de Dios. Una vez más confía Abraham en Dios y despide a la esclava y su hijo.

 

Pero recordemos aquello que significaba ser hijo de la esclava: estar atado al pecado. Así es enviado Ismael al desierto, donde crecerá y se casará. Mas no sin pasar antes por la prueba: la cercanía de la muerte.

 

Aquí se hace notar cómo "Dios oyó los gritos del niño" (21,17). Esta frase es muy similar a aquella que sella el pacto de Dios para la liberación de su pueblo (Ex 3,7). Dios oye nuestros gritos en los tiempos de prueba, a pesar que creamos que está sordo. Pero tenemos que estar abiertos a escuchar la voz de su ángel que nos anima a continuar en medio de la prueba con una actitud activa, de colaboración con la gracia de Dios para salir adelante.

 

Entonces los dones recibidos por Dios pero que hemos despreciado por nuestro propio vacío (éstos se encuentran representados por el cuero para el agua) serán fortalecidos por el agua de la vida, que nos da fuerzas para el caminar diario.

 

Prueba de fe

 

Así como nuestro cuerpo crece, también nuestra fe necesita desarrollarse y crecer: ya a los 20 años tenemos necesidad de otra forma de vivir la fe distinta a aquella de cuando teníamos 10 años e hicimos la primera comunión. Si bien las oraciones infantiles "Ángel de mi guarda..." o "Jesusito de mi vida..." eran apropiadas para aquel momento, ya no llenan las necesidades del espíritu de quien va creciendo.

 

De esto trata el capítulo 22, sobre la purificación de la fe, prueba a la que todos somos sometidos en algún momento de la vida, pero no todos logran superar.

 

Nuestra fe necesita limpiarse de tantas cosas: del mercantilismo religioso (tratos hechos con Dios para obtener favores), la fiscalización de nuestras obras (tanto haces, tanto dejas), la operativización de la fe (la fe me sirve para...)...

 

Y Dios es el maestro para hacernos atravesar por esa "noche oscura" como la llama Juan de la Cruz, o el sacrificio de Isaac como lo refiere el Génesis.

 

Algunos estudiosos de la Biblia piensan que había una costumbre de ofrecer en sacrificio a los dioses al primogénito. Así, este pasaje referiría a la escucha del verdadero Dios por parte de Abraham que le invita a dejar vivir al hijo de la promesa. En esta explicación podríamos encontrar un primer punto para la purificación de la fe: los ídolos. Tantas veces creemos estar sirviendo a Dios y nos estamos sirviendo a nosotros mismos o a otros; por eso hacen falta momentos en los cuales escuchemos con claridad la voz de Dios que nos invita a sacrificar aquello que más queremos, donde hemos puesto nuestras esperanzas, para comprender que él es la única esperanza.

 

"Dios aprieta pero no ahorca", dice el refrán popular. Y es cierto. Este paso por la prueba implica despojarse de todo aquello que obstaculiza una relación más plena entre Dios y mi persona. Es subir al monte del sacrificio sin cordero, llevando el fuego y la leña, a la expectativa de ver la obra del Señor: "Ya Dios proveerá". Es poner todo nuestro esfuerzo para que Él haga la obra.

 

Muchos jóvenes me preguntan si es malo dudar en su proceso de fe. En Abraham encontramos la respuesta: él actúa como quien no duda, por eso es padre de la fe, y confía. No es cuestión de si es malo o no dudar. La duda puede estar presente, pero nuestro actuar debe superarla. Pero para eso siempre es necesaria la compañía de alguien que te ayude a recordar la promesa aún en los momentos de prueba. De esta forma podrás mantenerte fiel y renovar continuamente el pacto.

 

Querido joven, recuerda que obedecer la voz del Señor es ya parte del cumplimiento de la promesa, aunque no veas más que arena y oscuridad a tu alrededor. Isaac fue el hijo de la promesa y en Jesucristo tú también lo eres.

 

Confiando juntos, en Cristo siempre Joven,

 

Néstor.

 

 

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