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Carta a los Jóvenes – 7

Fidelidad y Justicia

 

 

Roma, 28 de abril de 2001

 

Querido amigo:

 

En nuestra última carta comentábamos el cambio de nombre de Abraham y el nacimiento de Ismael. Hoy vamos a fijarnos en dos pasajes que son muy conocidos y encontramos en los capítulos 18 y 19 del Génesis. Te invito a que los leas en este momento.

 

La presencia del Señor

 

 

Existe un hermoso ícono del ruso Rublev que presenta a los tres visitantes de Abraham bajo la encina de Mambré. Según algunas interpretaciones, tanto del ícono como de este pasaje bíblico se identifica a cada uno de estos tres que llegan donde Abraham con cada una de las personas de la Trinidad.

 

Lo importante para nosotros de lo que acabo de afirmar es la relación comunitaria que se presenta entre estos tres visitantes. En el ícono de Rublev poseen los mismos rasgos en el rostro; en el pasaje del Génesis llaman la atención a cualquier "justo" que encuentren en su camino: Abraham se postra en tierra al verlos y les ruega: "Señor mío, si me haces el favor, te ruego no pases a mi lado sin detenerte".

 

Reconocer la presencia del Señor a nuestro alrededor es una tarea difícil, ya que es él quien sale a nuestro encuentro, dejándose ver por nosotros al pasar cerca de nuestra tienda. La hora que se indica en el versículo 1 (Cap. 18) no está como un dato superfluo: la hora más calurosa del día. Sí, nuestro Dios nos encuentra muchas veces en los momentos más incómodos y difíciles de la vida, cuando correr hacia él implica exponerse y arriesgarse, cuando postrarse ante él significa dejarse quemar por la tierra caliente.

 

Sin embargo, quien reconoce al Señor cercano a sí no escatima esfuerzos para ponerse a su servicio: no es un peso, sino un placer encontrar en los demás esa presencia que invita a involucrarse con el otro para que tenga un momento de descanso en su camino.

 

Todo esto me lleva a preguntarme sobre la presencia del Señor en mi vida. ¿Realmente lo reconozco o me quedo con imágenes fantasiosas que me he hecho de él? Sólo hay una forma de saberlo, y es fijándome en la justicia que existe en mi vida. Dios se le presenta a lo justos...

 

Las obras del justo

 

Dar posada al forastero y alimento al hambriento son dos obras de caridad que hacen Abraham y Sara en favor de estos tres forasteros. En ellos Abraham reconoce al Señor y es lo que nos recordará mucho tiempo después Jesús al decirnos: "Tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber…" (Cfr. Mt 25). Es la bendición de estos hombres la que recuerda y actualiza la promesa hecha un día por Yahvé a Abraham: una gran descendencia. Pero se hace presente una vez más la desconfianza y el querer esconder esta desconfianza de Dios. Recordemos que él conoce lo más íntimo de nuestros pensamientos y de nuestro ser, incluso aquello que desconocemos de nosotros mismos… Y yo, ¿le doy posada al forastero, alimento al hambriento?… ¿o busco excusas para justificar mi desconfianza?…

 

Otra obra del justo es interceder por los demás. Para él, por la sensibilidad que tiene de las cosas de Dios, le es fácil discernir y saber quién anda por el bien y quién no… Pero no lo hace con el ánimo de estar juzgando, sino para invitar a sus hermanos a dejar el mal y volver el rostro hacia el Señor. Por eso Abraham intercede y regatea ante el Señor por la vida de los habitantes de Sodoma y Gomorra. Es la lógica de la misericordia la que plantea Abraham, y la del perdón la respuesta del Señor, pero si no hay arrepentimiento, si no hay cambio concreto, a pesar del perdón que pueda existir, se corre por otros caminos que alejan de la presencia del Señor… Y esta lejanía produce vacío, depresiones, tristeza profunda y la sensación de un fuego interior que quema (¿será el llamado a la conversión?) devastando todo para purificar el ser y dar una nueva oportunidad para vivir en la justicia.

 

La defensa del necesitado, es otra obra por la que se reconoce al justo. No se tiene miedo de enfrentar a la turba, porque se sabe en la presencia del Señor. Así ha actuado Lot, defendiendo a estos forasteros de los hombres del pueblo que querían abusar de ellos. Da la cara en su defensa.

 

El justo confía en el Señor, escucha su Palabra, entra en diálogo y está dispuesto a ponerse en camino. Lot nos muestra cómo dialogar con el Señor: sabe que en la montaña no tiene mayor oportunidad de sobrevivir que en Soar, así que le plantea esta propuesta al Señor y llegan a un acuerdo. La voluntad de Dios no es inamomible, sino que en un diálogo amoroso busca que el hombre y la mujer sean verdaderamente feliz, protegiéndolos y animándolos.

 

Sin embargo, también hay condiciones que seguir para alcanzar esta felicidad. Así, Dios da la oportunidad a Lot y su familia de escapar, pero no debían volver la mirada atrás. Mirar atrás es quedarse en la vida anterior, es no dar la oportunidad a Dios de cambiar nuestro ser para hacer de nosotros personas nuevas, es quedarse en Sodoma y Gomorra añorando aquella vida...

 

Y en mi vida, ¿cuáles de estas actitudes pongo en práctica?... ¿Me esfuerzo realmente por vivir en la justicia?...

 

Encontramos en la última parte del capítulo 20 (vv. 30-38) un relato extraño sobre las hijas de Lot. Debemos recordar que para el pueblo hebreo la descendencia es muy importante y es allí donde se ve la bendición dada por Dios. Ya desde este pasaje se plantea que no es ésa la única forma como Dios bendice.

 

Amigo estamos invitados a dejarnos sorprender por Dios, mucho más que encasillarlo en nuestros pequeños esquemas.

 

Seguimos caminando juntos en esta historia que Dios continua haciendo con nosotros.

Hasta la próxima carta, en Cristo siempre joven,

 

Néstor.

 

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