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Carta a los Jóvenes – 4

¡Deja tu tierra!

 

 

Roma, 19 de noviembre de 2000

 

Querido amigo:

 

Continuando con nuestro recorrido por la historia de la salvación, nos encontramos con un personaje de quien podemos aprender mucho: Abraham. Por ser alguien tan importante le vamos a dedicar algunas cartas, con la perspectiva de siempre, viendo cómo somos llamados a transitar por la senda de la fe.

 

Caminar desde la fe

 

En esta ocasión nos basaremos en el capítulo 12 del libro del Génesis. Allí encontramos a Abram, quien vivía cómodamente con su esposa Saray. Fíjate en el siguiente detalle: en este capítulo nuestro personaje no se llama Abraham, sino Abram; esto es debido a que antes de la alianza final que hace Dios con él, su nombre permanece Abram. Este aspecto lo explicaremos mejor en las siguientes cartas.

 

Ahora lo importante es que veamos cómo Abram vivía cómodamente con su familia, su padre, sus tradiciones... en realidad vivía "en su casa". Dios llega, y sin tarjeta de presentación ni nada, sino de improviso, rompe los planes de Abram. Le dice con claridad: "deja tu país, a los de tu raza y a la familia de tu padre, y anda a la tierra que yo te mostraré".

 

En otras palabras le está pidiendo que deje toda su cultura, su herencia familiar y se ponga a caminar. ¿Qué necesidad tenía Dios de pedirle tal incomodidad a Abram? ¿Por qué se empeña en desinstalarnos cuando vivimos muy cómodamente en nuestros "niditos"?

 

Muy sencillo. Dios tenía un gran proyecto para Abram, así como lo tiene para ti. Pero para llevarlo adelante, necesita purificar la fe de cada uno, incomodarnos para que nos despojemos de todo aquello que sencillamente no es indispensable y confiemos en su promesa.

 

Tú también has recibido el mismo mandato de Abram: "deja todo y anda a la tierra que yo te mostraré". Y esto no quiere decir que te vayas a ir de tu casa, escaparte de tu realidad... No. En algunas ocasiones Él se encargará de sacarte para otras tierras, pero en otras tendrás que convertirte en peregrino desde tu vida diaria.

 

Quienes hemos tenido que vivir experiencias fuera de nuestro país de origen, sabemos lo que quiere decir extranjero. Es una palabra que te recuerda que no estás en tu tierra, que muchas veces no tienes los mismos derechos que los habitantes de esa nación, que estás de paso, que la cultura dominante allí es distinta a la tuya... Y desde esa experiencia se comprende lo que es ser extranjeros en nuestra propia tierra. Desde tu bautismo eres extranjero en tu tierra, y así lo explicaban los primeros padres de la Iglesia al presentarnos como patria definitiva del cristiano el Reino de Dios. Somos extranjeros porque a pesar de tener todos los derechos, nos hacemos solidarios con quienes no los tienen; extranjeros porque viviendo a plenitud en nuestro tiempo y espacio, sabemos que nuestra vida va más allá de la muerte, cuando llegaremos a la patria definitiva; extranjeros porque asumimos nuestra cultura dándole un sentido de vida, de Evangelio...

 

Y es así como nos convertimos en peregrinos de la fe. Caminamos de un lado a otro con toda la fortuna que hemos adquirido... Y a veces, ¡cómo pesa esa fortuna!

 

El verdadero peregrino va dejando huellas en su caminar. Son signos de la fe compartida. La pregunta es si de verdad se siente que somos esos peregrinos que dejan esos pequeños altares mostrando la presencia de Dios: ¿cuáles son los signos que has dejado en tu caminar? ¿son signos de tu fe, de la presencia de Dios en tu vida? ¿o son signos de tu presencia en el mundo?

 

Dios camina contigo...

 

Pero Dios no envía a caminar a Abram solo. Le promete salir en su defensa, estar con él: "Haré de ti una nación grande y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre, y tú serás una bendición. Bendeciré a quienes te bendigan y maldeciré a quienes te maldigan. En ti serán benditas todas las razas de la tierra".

 

Esta promesa la mantendrá Dios con Abram en todo momento, y más de una vez la renovará en su vida. Te invito a que desde esta promesa te tomes unos minutos y escribas cuál crees que es la promesa que Dios ha hecho contigo... ¿se parece a la de Abram?

 

Dios a veces llama a transitar senderos que pensamos no podremos atravesar. Pero es que Él ve todo nuestro potencial y lo que su presencia puede hacer en nosotros, mientras que nosotros nos quedamos viendo nada más aquello que podemos lograr solos... Una gran diferencia, ¿verdad?

 

Así, en los momentos difíciles, en los cuales olvidamos su presencia en nuestras vidas, nos sucede como a Abram cuando llegó a Egipto. Nos falta confianza en Dios y tememos por nuestra vida. Entonces ante la posibilidad de nuestra muerte, o del dolor en la vida, preferimos no dar la cara y caemos en la infidelidad a Dios.

 

Esto me recuerda a tantos jóvenes que comienzan con sus novias (o viceversa) y sabiendo que no es la persona de su vida, por miedo a causar dolor continúan con una relación que, a fin de cuentas, es falsa y está destinada a fracasar. O aquellos otros, que por no pasar por "gallos" dejan de ser "buena gente" y se convierten en los "raticas" del grupo... De una u otra forma, es un tipo de desconfianza en el Señor, que lo único que desea es el bien para ti.

 

Así viene el castigo, que no es más que la consecuencia del miedo y la desconfianza. "¿Por qué no me dijiste que era tu esposa y me la presentaste como tu hermana?", dice el Faraón a Abram. Es momento de revisar nuestras vidas, y verificar si estamos o no en esta etapa de Egipto: ¿cuáles son los miedos que no nos permiten vivir en sinceridad la confianza en el Señor? ¿a qué personas utilizo, aunque sea inocentemente, como consecuencia de mis miedos?

 

Querido amigo(a), como ves, esto de ser cristiano es mucho más que estar cómodamente sentado sintiéndome bien... Es levantarse y ponerse a caminar, aunque incomode, aunque me canse, aunque tenga hambre y sed; en alegrías o tristezas, en momentos eufóricos o desanimado, pero siempre confiando en Dios que "hará de ti una gran nación y te bendecirá, engrandecerá tu nombre y te protegerá".

 

Levántate, con ánimo, y seamos juntos peregrinos en la fe para llegar a la tierra que el Señor nos mostrará.

 

Recibe un fuerte abrazo en Cristo siempre joven, y nos encontramos en la próxima carta.

 

Néstor.