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Carta a los Jóvenes – 2

¡Yo Pecador!

 

 

Roma, 15 de octubre de 2000

 

Querido amigo:

 

En la carta anterior terminábamos reconociendo que somos una obra profundamente amada por Dios. Hoy partimos de esta realidad para meditar qué es lo que hace cada uno de nosotros con ese don tan precioso que fue regalado en el momento inicial de la creación. Para ello vamos a seguir los capítulos 3 y 4 del Génesis, los que te invito a leer en este momento.

 

El Ser Humano habitaba con Dios.

 

La realidad humana y divina son diferentes en su esencia, así como el hombre y la mujer son distintos al resto de la creación. Sin embargo, hemos sido creados para convivir en armonía perfecta con el amor de Dios. Así lo expresa el Génesis en los diálogos entre Dios y la primera pareja: Él les da la creación para que la administren, les da las maravillas del universo, pero como parte de la libertad, les prohíbe acercarse al árbol que está en el medio del jardín, el árbol del bien y del mal.

 

Pero el hombre, engañado por el pecado desea ser como Dios, optando libremente por romper la alianza creacional. Hoy en día también somos engañados por realidades pecaminosas confusas que nos llevan a decidir por la ruptura con Dios, queriendo constituirnos en dioses para nosotros mismos y para los demás. Pero, ¿cuáles son esas diferencias esenciales entre naturaleza humana y divina? Aquí te presento algunas de ellas, que se encuentran en el texto:

 

· Dios es increado, eterno, mientras que el ser humano es creación del increado, con una vida finita que implica principio y fin.

· Dios es en sí mismo comunidad trinitaria (uno y trino), y el ser humano es individual, llamado a ser comunidad, pero en esencia es uno.

· Dios es el que Todo lo puede en su amor; el ser humano es limitado, está sujeto a su debilidad, su historia, sus circunstancias...

· Dios es la fuente infinita de bondad y de Él no puede salir algo distinto a esta misma bondad. El ser humano es en su esencia bondad, pero admite la maldad en su vida; eso es producto del ser libre.

 

Adán y Eva no comprenden que el único interés de Dios es su bienestar, y por eso son engañados al ver una pequeña limitación (no comer de un solo árbol) como la frustración total de su ser (¿les había prohibido Dios comer de todos los árboles del jardín?). El optar por la vida conlleva renunciar a aquello que nos separa de la armonía con Dios y los demás...

 

Desde el inicio el pecado habita en mí.

 

Hemos aprendido desde pequeños que nacemos con un gran pecado encima, el pecado original. Vamos a hacer algunas precisiones para diferenciar el pecado original de los demás pecados y así podamos comprender la gravedad de las propias acciones.

 

· Veíamos cómo Dios desde el principio ha querido habitar con el ser humano, pero éste le ha cerrado las puertas de su vida. Bien, Dios respeta esa libertad, y la primera consecuencia de la misma es que le da la potestad al hombre y a la mujer para que decidan si quieren ser habitados por su Espíritu o no. Esta ausencia del Espíritu Santo en la vida humana es característica del Pecado Original.

· Por otra parte, la tendencia natural del hombre a vivir de forma individual, egoísta, es rastro de esa debilidad y del sentido de límite del ser humano. Así, se hacen presentes las consecuencias de este "pecado primero" y hasta que el ser humano no decida conscientemente vencerlo con ayuda de la Gracia, no lo podrá lograr.

· Otra realidad es que somos diferentes a Dios. Sin embargo, hay un deseo que nos lleva a creernos omnipotentes (que todo lo podemos), a constituirnos en "dioses de barro" que no es más que una burla a nuestra realidad de imagen y semejanza de Dios. Así nos vamos construyendo nuestras propias normas que no se relacionan con el verdadero amor, desobedeciendo a la ley del amor de Dios.

 

Las características anteriores hacen del pecado original una tendencia natural en el ser humano, que necesita ser rescatado por el mismo Dios. Es una realidad de ruptura inicial completamente distinta a otros tipos de pecado que son cometidos libremente por el ser humano.

 

La irresponsabilidad: fruto del pecado.

 

Si tuviéramos que dar una definición sobre el pecado podríamos decir que es todo aquello que produce una ruptura con Dios, con los demás y/o conmigo mismo.

 

Así, se puede hablar de dos dimensiones del pecado: una dimensión personal que es aquél desajuste en mi estructura personal producido como efecto del mismo, y otra dimensión social, de la cual hablaremos más adelante.

 

Al encontrarse el hombre pecador frente a Dios, empieza a buscar excusas y a esconderse para no dar la cara ante aquello que ha hecho que la alianza se rompiera: no fui yo...; fue la serpiente que me sedujo...; fue ella...; yo no tengo la culpa... Siempre escuchamos las mismas disculpas con las que se busca escapar. Nos da vergüenza descubrirnos limitados, revelar que hemos fallado a las expectativas de los demás, de nosotros mismos... Sin embargo, el daño ha sido hecho. El pecado ha habitado en nuestra vida y ha roto la comunión con Dios, con el otro y ha resquebrajado mi ser.

 

A veces somos tan ciegos, que ni siquiera vemos el mal cometido. Nada más escuchamos la prohibición sin ver qué hay detrás de ella, con deseos de romper la regla para disfrutar de lo prohibido. Y surge un temor infantil, no por el daño causado, sino por terror al castigo divino.

 

Pero Dios no se da por vencido y, saliendo al jardín de la vida, nos sigue llamando por nuestro nombre, esperando que nosotros mismos volvamos a sus brazos de Padre. Él busca nuestra conversión, para que asumiendo las consecuencias de nuestros actos podamos continuar en Su Vida. Ya sabe lo que hemos hecho, ya sabe que rompimos la alianza, pero quiere que se lo digamos sin engaños: ¡Él es nuestra verdad y la Vida!

 

Mi pecado también afecta al otro

 

Somos seres que vivimos en comunidad, con otros, y así como las actitudes y acciones de los demás me afectan, también las mías afectan a los demás. Puedo esforzarme por mantener relaciones sinceras y cordiales, aunque haya momentos de tensiones y conflictos, o puedo vivir en una falsa paz que se basa en la hipocresía, en la envidia y, finalmente, llevan al odio.

 

Ese es el caso de Caín y Abel. El segundo envidiado por el primero. Abel tenía éxito y era bien visto por Dios, pero Caín en cambio no daba ofrendas agradables. ¿La razón? Muy fácil. Abel se esforzaba por agradar dando lo más importante, los primeros nacidos de su rebaño, mientras que Caín, luego de un tiempo, dio frutos de la tierra como ofrenda. En otras palabras, uno da desde el corazón, y el otro desde lo que sobra. Surge el odio en Caín y asesina a su hermano. Esta es una realidad que no está tan lejos de nosotros: ¿cuántas veces hemos asesinado a nuestros hermanos con la palabra, con nuestra indiferencia, con nuestro rechazo? ¿En cuántas ocasiones les hemos utilizado para nuestro provecho?

 

Y viene la pregunta de Dios a cada uno de nosotros: "¿Dónde está tu hermano?" Nuestra excusa, como la de Caín, viene inmediatamente: "¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?" En ese momento rompemos la comunión con Dios y los demás, afectamos fatalmente la historia de nuestros hermanos negándoles en nuestras vidas...

 

La experiencia más terrible: ¡morir en el pecado!

 

Una cosa es saber todo esto de manera racional, tal y como lo hemos aprendido desde pequeños, y otra es darnos cuenta de la realidad del pecado que experimentamos en nosotros. Cuando vemos nuestro corazón y lo encontramos roto, cuando vemos nuestra relación con Dios y la vemos destruida, notamos cómo hemos muerto en vida.

 

¡Claro, la astucia del mal es tan grande que nos engaña haciéndonos creer que hacemos el bien cuando estamos en el pecado! Es necesario que abramos los ojos, como Adán y Eva luego de comer del árbol de la vida, y veamos esta muerte en nosotros, para que desde el dolor logremos descubrir la Gracia de Dios.

 

Podemos elegir continuar arrastrándonos por la tierra, viviendo en la maldición y el engaño del pecado, o levantar el rostro con la dignidad del hijo. ¿No has tenido la experiencia de andar cabizbajo, como Caín, porque has descubierto lo grande que es tu culpa? ¿No has sentido en ti una sensación de vacío, de muerte, que te lleva a aislarte, a estar sin ánimo, a vivir como muerto en vida?

 

Tú y yo somos pecadores. Tú y yo sabemos lo que es vivir de espaldas a Dios. Pero también tú y yo hemos vivido Su misericordia, Su amor dado en Jesucristo.

 

Querido joven, no seas ingenuo, despierta a la Vida. Te invito a que juntos miremos nuestra historia de pecado. Y si quieres tener un termómetro en tu vida que te indique cómo va tu relación con la Gracia medita cómo es tu actitud en este momento frente a la vida, a Dios y los demás confrontándola con la siguiente Palabra del Génesis: "Si tú obras bien, tendrás la cabeza levantada. En cambio, si haces mal, el pecado está agazapado a las puertas de tu casa. Él te acecha como fiera que te persigue, pero tú debes dominarlo". (Gen 4,6b-7)

 

Recibe un abrazo en Cristo siempre joven,

 

Néstor Pecador que lucha por vivir en la Gracia.