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Carta a los Jóvenes – 13

Dignidad, Honor y Venganza...

Roma, 3 de marzo de 2002

Querido amigo:  

Todo el mundo habla de “dignidad” hoy en día. Es un tema viejo que está de moda, el cual debe ser tratado con toda la objetividad posible, pero debido a nuestros condicionamientos se encuentra lleno de subjetividades. La dignidad de cada hombre y cada mujer, aprendí desde pequeño, es una sola: ser humanos. Y si lo vemos desde los ojos de la fe, esa dignidad se basa en el ser hijos de Dios.

Tal vez por eso me molesta ver tantos abusos en la sociedad (ya sea civil o eclesiástica) debidos a un falso concepto de dignidad, basado en una cierta “superioridad” que surge de algunas situaciones de “prestigio” en la vida. Así, no es extraño (aunque sí, irritante) observar a quienes exigen respeto por un uniforme, una sotana o tantos otros símbolos que se han utilizado para disminuir la dignidad del ser y trasladarla al objeto. Toda esa distorsión es producto del subjetivismo que entra como un coleado a una fiesta cuando se trata del respeto por el otro.

Sobre esto insiste el capítulo 34 del Génesis. Allí se narra cómo Siquem, no perteneciente al pueblo de Israel, abusa de una de las hijas de Jacob, Dina. Claro, no contaba Siquem con las “trampas del corazón” y la que en un primer momento fue objeto sin ninguna dignidad, luego se convirtió en objeto de deseo.

 

Ni la dignidad ni el honor se acaban

             Al saber del deshonor de su hermana, los hijos de Jacob actuaron astutamente y con furia, buscando la venganza (para los detalles, invito a que leas en este momento el texto de Génesis 34). El engaño fue la base para lograr su cometido, y en lugar de la venganza sobre el culpable, pagaron todos los hombres de aquel pueblo con su vida. El deshonor de una, causó la muerte de cientos y, además, el deshonor de las mujeres y niños de ese pueblo que fueron tomados como esclavos.

            A la fin, ¿quién ha sido más injusto? ¿dónde llevó toda la violencia desatada por la furia? No recobraron así el honor de su hermana ni fueron más dignos. Al contrario. Jacob reclama a Simeón y Leví los actos cometidos por la injusticia de los mismos.

            Dios es quien renueva la dignidad y el honor. Así lo descubre Jacob y su familia (ahora lee el capítulo 35), pero para ello es necesario dejar de lado todos los ídolos que pueden estar minando la fe. Regresar al Señor, recordando cómo nos ha salvado en nuestra historia, con la cabeza baja, sin pretensiones de ningún tipo, nos ayudará a descubrir la verdadera dignidad de ser hijos de Dios. Estamos llamados a enterrar nuestros ídolos aunque nos sintamos desamparados. Somos invitados a levantar el altar de nuestra vida para Dios; esto significa ofrecernos con sencillez como señal de agradecimiento continuo. A cada momento Él recordará la historia que ha hecho con nosotros.

 

Un nuevo pueblo

             Un pequeño detalle del relato que es importante. Benjamín, el hijo más amado de Israel (nuevo nombre de Jacob) y cuyo nombre quiere decir hijo de mi diestra, nació en Belén, aquella insignificante ciudad donde años más tarde vería la luz el Mesías, el que está sentado a la derecha del Padre. El sitio de dolor por la pérdida de Raquel, se convirtió en memoria de alegría por nacimiento de este hijo. Igual nos sucede con algunos momentos de nuestra vida: el dolor se transforma en aprendizaje y nueva fuerza para vivir.

            El pueblo que surge de Jacob no es fruto de la venganza sino de la misericordia de Dios. Si hubieran sido medidos con la misma vara aquellos hijos de Jacob, el Señor no hubiera renovado la promesa hecha a Abraham, pero se vale de ellos para formar las doce tribus de Israel: cada uno de los hijos varones de Jacob es cabeza de una tribu, es decir un grupo familiar enraizado en la ley y la tradición hebreas.

            La historia de Esaú es diferente (puedes ojear el capítulo 36). Esaú se casa con cananeas, como ya lo sabemos. No repetimos aquí lo que dijimos en su momento sobre esto, pero recordamos el sentido de la infidelidad al Dios del padre Abraham, por lo que Esaú pierde la promesa y se convierte así en el Padre de los edomitas, o sea de un pueblo infiel.

            Querido amigo, en tus manos siempre está el resguardo de tu dignidad y la de quienes te rodean. No con actitudes vengativas, pero con justicia y misericordia, cuidando el don de ser hijos de Dios. Eso implica crecer en el control propio para no idolatrar sentimientos o situaciones y el coraje de asumir ser parte de un nuevo pueblo de Dios simbolizado en la Iglesia (cada uno de los 12 apóstoles recuerda a las tribus de Israel).

Te animo a perseverar en tu oración para ser fieles a la construcción del mundo que Dios ha soñado para nosotros. En Cristo siempre joven,

 Néstor.