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Carta a los Jóvenes – 12

Pelear con Dios...

Roma, 10 de febrero de 2002

Querido amigo:

             En esta carta conversaremos sobre una experiencia de la cual la mayoría de nosotros somos expertos: pelear con Dios. Tal vez me dirás con cara de perplejidad que tú rezas todos los días, vas a misa y demás, que nunca te has peleado con el Señor porque eso es algo muy grave, y podrás argumentar otra serie de razones que de una u otra forma te llevarán a creer que tus relaciones con el Creador son maravillosas. Pero no estamos aquí para discutir, sino simplemente para ver cómo las Escrituras iluminan nuestra experiencia. Por eso, en continuidad con las cartas anteriores, hoy nos detendremos a leer los capítulos 31, 32 y 33 del Génesis.

Te recuerdo que estamos viendo la historia de Jacob, el hijo de Isaac, hijo de Abraham. Para poder profundizar en lo que sigue, te invito a realizar la lectura meditada de los textos bíblicos antes de continuar con el comentario que está a continuación.

 

Primera ruptura: con los hermanos

             El capítulo 31 muestra claramente lo complicado que somos los seres humanos. Dios da un mandato claro a Jacob: “Vuélvete a tu patria, a la tierra de tus padres, pues yo te acompañaré”. El Señor no dice nada más, solamente una orden simple y directa: volver a la patria.

             Pero Jacob y sus esposas colorean todo esto con una carga afectiva desde la cual le quitan la transparencia y la sencillez del mandato divino. Primero, surgen los comentarios por parte de los cuñados, luego el compartir el mandato de Yahvé con las esposas, justificando la razón de partir por los problemas que habían surgido con Labán, su suegro. Incluso, en la conversación Raquel y Lía afirman “no tener nada que ver con su padre”, lo que para la mentalidad del pueblo hebreo significa una ruptura total.

             Aquí encontramos una primera manipulación del mandato divino para justificar las rupturas de las relaciones personales. Insisto, las palabras de Dios eran volver a la patria y la promesa de compañía; en ningún momento significaban la ruptura con los hermanos y el padre de Raquel y Lía. ¡Cuántas veces hacemos nosotros lo mismo! Encontramos situaciones en las cuales sabemos qué es lo correcto, pero no tenemos el valor de enfrentar las verdaderas dificultades que nos podrían desviar de aquello, por lo que comenzamos a crearnos historias que justifiquen humanamente la propia actitud en las que somos víctimas de los demás. Claro, así nos auto bloqueamos en la búsqueda de la conversación y creamos grupos de “buenos” (siempre serán quienes estén a nuestro favor) y “malos” (por supuesto que son todos los demás, los que no nos apoyan directa o indirectamente).

             No digo que Labán y sus hijos hayan hecho bien al comentar y dudar de la rectitud de Jacob. Pero sí afirmo que la actitud de Jacob y sus esposas no fue ejemplar. Jacob actuó a escondidas de Labán, tal y como dice el texto (v. 20), huyendo con todo lo que tenía. Por su parte Raquel robó los ídolos familiares de su padre. Robo y huída, ¿acaso estaban estos dos términos contenidos en el mandato de Dios?

             La reacción lógica de Labán fue el dolor, la rabia y la persecución. Pero Dios, que siempre busca la unidad, le dice claramente “cuidado y te pones a discutir con Jacob”. Las palabras de Labán a Jacob son conmovedoras y recuerdan la escena del encuentro entre padre e hijo pródigo. Son reclamos basados en la falta de amor de la acción de Jacob; no pregunta por bienes materiales, sino por las obras: la huída, el no permitir la despedida, el robo de los dioses.

             Quisiera nos detuviéramos por un instante en este último reclamo de Labán: ¿por qué me robaste mis dioses?. Nos lleva por un momento a pensar en la preocupación de fondo de Labán y cada uno de nosotros: perder aquello a lo que estamos aferrados. También nosotros tenemos nuestros dioses, por los que damos la vida, distrayéndonos del único Dios. A Labán le sirve esta experiencia para entender que sus hijos e hijas deben continuar su propio camino, confiando en Yahvé. Así, el robo de Raquel sirve para que Labán ponga la mirada en lo importante. También los “robos” de los que somos víctimas en nuestra vida (no sólo los materiales, sino también los morales como es la pérdida de buena fama) deben llevarnos a encontrar y confiar en Dios.

             Y topamos enseguida con la respuesta de Jacob, que podría ser la de cualquiera de nosotros cuando nos vemos descubiertos: “tuve miedo”. Esa es la misma respuesta de Adán a Dios en el paraíso.

             Las condiciones para que Jacob y Labán llegaran a una reconciliación verdadera no estaban dadas, pero más por la actitud desconfiada de Jacob que por Labán. Así hacen un “pacto de no-agresión”.

 

Segunda Ruptura: la lucha con Dios

             Con toda esa revolución que sentimos dentro de nosotros no es fácil estar en paz aunque Dios nos envíe legiones de ángeles. Eso es lo que le sucede a Jacob en el capítulo 32.

Tantas veces aparecen personas en nuestras vidas que nos quieren mostrar los caminos de Dios. Pero nuestros fantasmas del pasado, nuestras batallas no concluidas, no permiten nuestro encuentro con el Señor. Jacob se entera de la aproximación de su hermano Esaú y estalla lleno de miedo y desesperación. Nosotros también tenemos nuestros miedos y desesperaciones que corresponde a cada uno detectar. Estos miedos no nos permiten ver la realidad como una unidad, con los ojos de Dios, sino dividida, sectorizada, sin sentido total. Ese es el significado de la división de los ganados y bienes de Jacob. Él, y nosotros reflejados en él, no se quiere arriesgar por completo. Dios lo está moviendo para encontrar la reconciliación y sus miedos no le permiten ver esa posibilidad sino únicamente el peligro.

Así, en el momento en el cual el ser humano se queda solo, a pesar y con sus distracciones y pensamientos, Dios sale a su encuentro. No se deja reconocer fácilmente y comienza una lucha interna muy fuerte. Allí el alma es confrontada en su desnudez con la grandeza y la potencia de Dios; el alma hala por un lado porque está apegada a tantas cosas que distorsionan la verdad divina (Ignacio de Loyola llama a estos apegos “afectos desordenados”), y el Señor le muestra los bienes que se pierde. Pero para ello hace falta asumir la cruz, es decir, purificar de nuestros egoísmos afectos y realidades internas; dicho con palabras de Juan de la Cruz, pasar por la noche oscura. Esa fue la lucha que comenzó a vivir Jacob, lucha de purificación de intenciones en la que todo nuestro ser entra en tensión. Con una imagen contemporánea, podríamos ver esta lucha que se desarrolla en nosotros como aquellas caricaturas en las cuales aparece el angelito y el pequeño demonio; claro que es mucho más fuerte e intenso.

Al igual que Jacob, nosotros también salimos heridos de esas luchas con Dios: en nuestro orgullo, en nuestro egoísmo... pero también ganamos la bendición de Dios que nos hace formar parte del nuevo Israel, es decir de la nueva Fuerza de Dios.

Te llamo la atención sobre un sutil detalle. Puedes decidir no luchar, pero te recuerdo que Dios no se impone en ti si tú no lo permites; en otras palabras, si no luchas te has dejado vencer, pero por tu egoísmo. Una vez que nos dejamos vencer por Dios, comienza otra lucha mucho más dura, es la lucha contra aquello de nosotros mismos que no nos permite acercarnos a Dios. Pero tranquilo. Al igual que con Jacob, Dios tiene paciencia con nosotros y dejarnos vencer por Él no es instantáneo, sino una ardua tarea que puede durar mucho tiempo.

 

Dejarnos sorprender por Dios

             Luego de la lucha viene la sorpresa. ¿Cómo es eso?. Aquél que se deja vencer por Dios, ha comprendido que no puede seguir en una actitud agresiva contra el mundo y debe comenzar a reconciliarse consigo mismo, con los demás, con la creación y con el mismo Dios. A veces cuesta dar el primer paso, por eso hay que aceptar los que dan los demás, con verdadera apertura de corazón, como Jacob aceptó el abrazo de Esaú, dejándose llevar ambos por verdaderas lágrimas de arrepentimiento. En ese momento el miedo se transforma en dolor, las lágrimas en alegría, las palabras en lazos que unen a los hombres.

             La lucha con Dios, querido amigo, es una realidad a la cual no debes temer. Ciertamente porta sufrimiento, pero una vez que se ha atravesado llega la libertad y la alegría. Hemos visto qué diferente fue la actitud de Jacob antes de la lucha con Dios y cómo cambió luego. En un primer momento se quería llevar todo, no quiso despedirse de su suegro, estableció un pacto de tolerancia. Posteriormente, aceptó a su hermano (quien tenía suficientes razones para la venganza), le dio la mitad de sus bienes e insistió para que lo aceptara, se puso al servicio de su hermano y le pidió perdón.

Te animo a prepararte para esos momentos fuertes de encuentro con el Señor, en los cuales él nos ayuda a cambiar para ser mejores, aunque en un primer momento no nos parezca así.

Continuamos unidos en la oración. En Cristo siempre joven,

Néstor.