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Carta a los Jóvenes – 10

La fortaleza de los pequeños

 

 

Roma, 14 de noviembre de 2001

 

Querido amigo:

 

Desde sus primeras páginas la Biblia expresa claramente que Dios está de parte de los pequeños, de los débiles, de los olvidados de la historia. Esta frase con la cual comenzamos hoy podría llevarnos a mirar a nuestro alrededor y pensar que la realidad del mundo actual no refleja dicha verdad. Vemos que son los fuertes quienes vencen; incluso son los que no están de parte de Dios, los que dominan y explotan a los demás. Sin embargo, desde la primera página del Génesis hasta la última del Apocalipsis, se repite constantemente un grito de esperanza: Dios está con los débiles.

 

Para ilustrar claramente lo anterior, te invito a que leas los capítulos 25, 26 y 27 del Génesis. A pesar de los distintos relatos que se entrecruzan allí, forman una unidad de mensaje que, para nuestro estudio, debe ser vista en su totalidad.

 

La herencia de un pueblo

 

Los primeros versículos del capítulo 25 sirven para dar una explicación que es, hasta cierto punto, mitológica: se habla de edades de Ismael y Abraham, 137 y 175 años respectivamente; la formación de pueblos a partir de los hijos de Abraham y sus descendientes; la muerte y sepultura de Abraham.

 

Recordemos, tal como lo hace el texto bíblico, que Ismael era hijo de una esclava soberbia. Esta imagen es importante para comprender que los pueblos que surgen de Ismael, son menospreciados por el escritor del Génesis. Lo mismo sucede con los hijos de Queturá, a quien Abraham toma como mujer luego de la muerte de Sara.

 

Estas mujeres eran fértiles y daban vida con facilidad, pero es el hijo de la estéril, Isaac hijo de Sara, quien recibe la bendición de Abraham. Recibir la bendición quiere decir aceptar la herencia total del padre: bienes, poderío y valor religioso.

 

Así, el pueblo de Israel, que aún para ese momento se encuentra en formación, surge de la debilidad de una mujer y la grandeza de Dios.

 

Dios renueva la Alianza

 

Saltemos un momento al capítulo 26. Si lo leemos con detenimiento, podemos ver que se repite en Isaac algunos aspectos de la vida de su padre Abraham:

o Sale del país, dirigido por Yahvé.

o Al llegar donde los extranjeros no dice que rebeca es su esposa sino su hermana, por la misma razón que lo hace su padre Abraham: temor a que lo maten por la belleza de su esposa.

o La esterilidad de Rebeca.

o Las riquezas que acumula como fruto de su trabajo.

o Como su padre, busca siempre la paz, dejando de lado tierras y poniéndose en camino una y otra vez hasta encontrar un lugar que no es ambicionado por otros.

o La promesa de la descendencia como las estrellas y la posesión de toda la tierra es renovada por Dios.

 

Todo esto nos va mostrando una continuidad entre el camino hecho por el padre y por el hijo. Sin embargo, surgen algunas diferencias entre la historia de Abraham e Isaac:

o Cuando es descubierta la relación entre Rebeca e Isaac, en lugar de ser despedidos del lugar, son aceptados como parte del pueblo y protegidos por el rey.

o Cuando es despedido del lugar que habitaba, luego es buscado por el rey para hacer un pacto de paz eterna.

 

La más importante de todas estas semejanzas es la confianza que tiene Isaac en Dios. Ese es el sello con el cual muestra a todos los pueblos la compañía de Yahvé.

 

Pero, ¿qué nos dice todo esto a nosotros? Para no repetir aquí lo que ya hemos presentado en las cartas anteriores, nos centraremos en el punto de la herencia de la alianza. Como miembros de la Iglesia, del nuevo Pueblo de Dios, hemos recibido la alianza que se ha sellado a través de siglos con la sangre de los débiles, de los mártires. Surge nuestro pueblo de un crucificado; sus seguidores están llenos de miedo al principio, pero luego descubren en el resucitado la alianza, la promesa de vida. Estos hombres y mujeres dejan de lado todo y trabajan la tierra para llevar la paz. Donde no hay vida, plantan la esperanza; donde está presente el dolor, anuncian el amor de Dios... Desde su pequeñez y debilidad, no tienen en quien confiar, solamente Dios será su fortaleza.

 

Ese es el sentido más auténtico de la Iglesia. Y recordando las palabras del Concilio Vaticano II, todos somos Iglesia. Tal vez sería el momento de someter a examen nuestras debilidades y fortalezas, para ver si nos quedamos en posesión de ellas o se las damos a Dios, dejando que él sea "nuestra fortaleza". Pero veamos cómo actúa el Señor.

 

El más débil se transforma en el más fuerte

 

Volvamos donde habíamos quedado en nuestro texto del Génesis: el capítulo 25,21-34 y luego pasemos al capítulo 27. Allí encontramos la historia de Jacob y Esaú, dos hermanos que desde el vientre de su madre se la pasaban peleando.

 

Nuevamente el símbolo de la estéril que concibe, pero esta vez embarazada de morochos. Es la vida dada por Dios en sobreabundancia allí donde a los ojos humanos es imposible. Y en esta ocasión, los dos hermanos entran en una dinámica interna de lucha: Esaú, preferido por su padre Isaac, lo que indica el poder; Jacob, preferido por su madre, Rebeca, símbolo de debilidad. El primero es el más fuerte, cubierto de vello, cazador; el segundo es el más débil, lampiño, "hombre muy sencillo y vivía en tiendas", lo que da una idea de nomadismo.

 

Por derecho propio, el mayor, es decir Esaú, era el heredero de la primogenitura y la bendición paterna. La primogenitura es la herencia, o sea todos los bienes de la familia. Esaú desprecia la primogenitura y la "vende" por un plato de lentejas. Esto nos hace pensar en los bienes que hemos recibido por derecho propio como hijos de Dios en el bautismo y tantas veces los "vendemos" por distintos "platos de lentejas", para saciar nuestros supuestos "apetitos".

 

Como segundo punto, encontramos que Esaú, confiado en su propia fuerza, desprecia la tradición recibida y se casa con mujeres "extranjeras". Recordemos que esta última expresión quiere simbolizar todo aquello que es extraño a la fe del pueblo de Israel y siempre sirve para referir el cambio de Dios por "dioses extranjeros".

 

Por último, está el punto de la bendición. Jacob, amparado por Rebeca, monta una estrategia para "robarse" la bendición de Isaac a Esaú. Una bendición que pone todo el universo a los pies de quien la recibe. Una bendición única que garantiza la presencia de Dios para Jacob. Es la misma bendición de Dios que surge por boca de Isaac. Así como en el bautismo cada uno de nosotros recibe una bendición única de Dios, y ésta es principio de la vocación personal que desarrollaremos a lo largo de nuestra vida. Pero ese tema sobre la vocación lo trataremos en otra ocasión.

 

El grito de desgracia de Esaú surge desde el fondo de su ser, al darse cuenta de cómo ha despreciado a la casa paterna y su hermano ha aprovechado la oportunidad para quedarse con todo. Tantas veces nosotros nos damos cuenta de haber despreciado a Dios y en lugar de luchar por la reconciliación, nos entretenemos en buscar chivos expiatorios. En esos casos somos como Esaú.

 

Pero en otras ocasiones, podemos ver la situación y sacar de ella el mejor partido, aunque parezca que todo va mal. Allí la confianza en Dios y valorar su presencia la vida se convierten en la llave que arrancan el motor de nuestra imaginación para vencer las dificultades, luchando en todo momento por mantener la bendición de Dios sobre nosotros. Si en esa situación le damos prioridad a la fe, aquello que pensamos era nuestra fuerza se convierte en debilidad, y Dios se valdrá de la debilidad para dar fuerza. Será entonces cuando imitaremos a Jacob, quien hizo todo lo posible por mantenerse en la bendición de Dios.

 

Concluyo animándote a ver en tus fortalezas y debilidades ocasiones para que Dios manifieste su presencia en ti, dejando que su bendición actúe.

 

Seguimos compartiendo este camino de fe. En Cristo siempre joven,

 

Néstor.

 

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